En su sentido moral, la continencia forma parte de la templanza, la virtud que regula los deseos y placeres. Consiste en dominar y orientar las pulsiones sexuales, en lugar de dejar que estas determinen por sí solas la conducta. Juan Pablo II la describe como una disposición estable de la voluntad y como una forma de autodominio que comprende también la educación de los sentimientos y las emociones.1
La continencia no se reduce a reprimir una reacción corporal ni a evitar determinados actos. Busca que la sexualidad y la afectividad queden integradas en la persona y orientadas al bien del otro. Por eso, Juan Pablo II relaciona esta virtud con la prudencia, la justicia, la fortaleza y, especialmente, la caridad.1
La palabra tiene, además, un sentido más concreto: puede referirse a la abstención de las relaciones sexuales. En el matrimonio, esto puede ocurrir durante periodos determinados; en el celibato, puede expresar una renuncia permanente a la actividad sexual. La abstinencia, por sí sola, no describe toda la virtud: la continencia también implica una manera de vivir los deseos, los afectos y las relaciones personales.2,3


