La Contrarreforma surgió en un contexto de crisis profunda para la Iglesia católica. A principios del siglo XVI, escándalos como la venta de indulgencias, la corrupción en el clero y el nepotismo en la Curia romana habían erosionado la confianza de los fieles. Martín Lutero, en 1517, inició la Reforma protestante con sus 95 tesis, cuestionando doctrinas fundamentales como la justificación por la fe sola y la autoridad papal. Esta revuelta se extendió rápidamente por Alemania, Suiza y los Países Bajos, fragmentando la unidad cristiana y atrayendo a miles de seguidores.
Sin embargo, la reforma católica no fue meramente reactiva. Antes de Lutero, ya existían esfuerzos internos de renovación, como los promovidos por humanistas católicos como Erasmo de Rotterdam o movimientos devocionales como la Devotio moderna en los Países Bajos. Figuras como Francisco de Vitoria y otros teólogos españoles abogaban por una purificación eclesial. La Contrarreforma, por tanto, consolidó estas iniciativas, transformándolas en un programa sistemático para defender la ortodoxia católica y restaurar la disciplina moral y litúrgica.1
El término «Contrarreforma» fue acuñado por historiadores protestantes en el siglo XIX para enfatizar su carácter defensivo, pero desde la perspectiva católica, se trata de una reforma católica auténtica, paralela y anterior en muchos aspectos a la protestante, que buscaba retornar a las fuentes de la tradición apostólica.
