La contrición, en el sentido teológico, es el arrepentimiento interior por los pecados cometidos. El Concilio de Trento la define como «un dolor del alma y una detestación del pecado cometido, con el propósito de no pecar en el futuro»1,2. Esta definición subraya que la contrición no es solo un sentimiento, sino también un acto de la voluntad que implica un cambio de vida y un rechazo del pecado1.
Desde los tiempos del Antiguo Testamento, los profetas enfatizaron la necesidad de un arrepentimiento sincero, no meramente externo. El Salmista habla de un «corazón contrito» que Dios no desprecia3. Jesús y sus Apóstoles también destacaron la sinceridad del arrepentimiento, como se ve en la parábola del hijo pródigo o en el perdón concedido a la mujer pecadora por su gran amor3.
Cualidades Esenciales de la Contrición
Para que la contrición sea válida, ya sea perfecta o imperfecta, debe poseer ciertas cualidades esenciales, arraigadas en la tradición católica3:
Interior: Debe ser un dolor real y sincero del corazón, no una mera manifestación externa de arrepentimiento3.
Sobrenatural: Debe ser motivada por la gracia de Dios y por razones que provienen de la fe, no por motivos puramente naturales como la pérdida de honor o fortuna3.
Universal: Debe extenderse a todos los pecados mortales cometidos, con la intención de no volver a cometer ninguno de ellos.
Soberana: Implica que el pecador considera el pecado como el mayor de los males, por encima de cualquier otro daño.
