Durante el siglo XVII, la visión predominante del cosmos era el modelo geocéntrico ptolemaico, que situaba a la Tierra en el centro del universo, con todos los demás cuerpos celestes girando a su alrededor2. Este modelo no solo era la explicación científica aceptada, sino que también parecía estar en armonía con una interpretación literal de ciertos pasajes de la Sagrada Escritura2. Sin embargo, el modelo heliocéntrico propuesto por Nicolás Copérnico en el siglo anterior ofrecía una explicación más sencilla y elegante de los fenómenos astronómicos1.
Galileo Galilei, con sus observaciones telescópicas, encontró pruebas que apoyaban el modelo copernicano, como las fases de Venus, las lunas de Júpiter y las manchas solares. Estas observaciones desafiaron directamente la visión aristotélica y ptolemaica del universo2.
En el contexto teológico, la mayoría de los teólogos de la época no distinguían formalmente entre la Sagrada Escritura y su interpretación. Esto llevó a que una cuestión que pertenecía a la investigación científica fuera indebidamente transpuesta al ámbito de la doctrina de la fe2. La preocupación principal era la compatibilidad entre el heliocentrismo y la Escritura, ya que ciertas expresiones bíblicas, tomadas literalmente, parecían afirmar el geocentrismo2.

