El concepto de la cooperación de María en la salvación se remonta a los primeros siglos del cristianismo, aunque el término corredentora aparece más tarde. En la Antigüedad tardía, la devoción a la Virgen se evidenció en la dedicación de iglesias en su honor, como la de Éfeso (431) o las de Constantinopla en el siglo V, reflejando su rol como Madre de Dios (Theotokos).1 San Cirilo de Alejandría ya exaltaba su figura en himnos y concilios.
Durante la Anunciación, el consentimiento de María (fiat) se considera esencial para la Encarnación, como subrayan los Padres de la Iglesia. Santo Tomás de Aquino afirma que la redención dependía del sí de María, previsto eternamente por Dios, aunque no condicionado por él.4 Este acto inicial marca el inicio de su colaboración materna, no como igual a Cristo, sino como instrumento divino.
En la Edad Media, la piedad se centra en la compasión de María bajo la Cruz, su co-sufrimiento (compassio), que inspira el título. San Bernardo de Claraval (siglo XII) describe su rol al pie de la cruz, precursor del término.5 El título Redemptrix (Madre del Redentor) surge en el siglo X, evolucionando a corredentora en el siglo XV en un himno anónimo de Salzburgo, como corrección para evitar ambigüedades.2,3
