La palabra «conversión» proviene del latín converto, que significa cambiar o volverse. En la tradición cristiana, particularmente en la Vulgata latina y en los escritos patrísticos, se refiere a un cambio moral, un retorno a Dios y a la verdadera religión1. Este concepto ha sido fundamental en la historia de la Iglesia, ejemplificado por las conversiones de figuras como San Pablo, Constantino el Grande y San Agustín1. En la Edad Media, también se usaba para describir el acto de abandonar el mundo para entrar en la vida religiosa1.
La conversión es esencialmente un don de Dios y obra de la Santísima Trinidad2. Es el Espíritu Santo quien abre los corazones de las personas para que puedan creer en Cristo y confesarlo2. Jesús mismo afirmó que nadie puede ir a Él si el Padre no lo atrae2.
La Conversión como Adhesión a Cristo
La proclamación de la Palabra de Dios tiene como objetivo la conversión cristiana, que implica una adhesión completa y sincera a Cristo y a su Evangelio a través de la fe2. Desde el inicio, la conversión se expresa en una fe total y radical que no limita el don de Dios2. Al mismo tiempo, da origen a un proceso dinámico y de por vida que exige un continuo apartamiento de la «vida según la carne» para vivir «según el Espíritu»2. Convertirse significa aceptar, por decisión personal, la soberanía salvífica de Cristo y convertirse en su discípulo2.
El Llamado Universal a la Conversión
La Iglesia hace un llamado universal a la conversión, siguiendo el ejemplo de Juan el Bautista y del propio Cristo, quienes predicaron el arrepentimiento y la creencia en el Evangelio2. Este llamado es un componente esencial de la proclamación del Reino de Dios3.
En el contexto del diálogo entre creyentes de diversas fes, la conversión se entiende como un humilde y penitente retorno del corazón a Dios, con el deseo de someter la vida más generosamente a Él4,5. Este proceso espiritual puede llevar a la decisión de cambiar la propia situación espiritual o religiosa previa para dirigirse hacia otra4.
