Los Evangelios sinópticos y el de San Juan relatan cómo los soldados romanos, tras azotar a Jesús, trenzaron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza como burla a su pretensión de ser Rey de los Judíos. En el Evangelio de San Mateo (27:29), se describe cómo colocaron la corona y una caña en su mano derecha, postrándose en irónica adoración. San Juan (19:2) añade que le vistieron con un manto púrpura, enfatizando el contraste entre la realeza divina y la humillación.1,2
Esta corona no era un simple adorno, sino un instrumento de tormento que simbolizaba la maldición del pecado original, evocando las espinas y cardos mencionados en Génesis 3:18. Los soldados la usaron para mofarse de la dignidad real de Cristo, profetizada en los Salmos e Isaías como una corona de gloria.1

