El término «corona» se ha utilizado en el lenguaje común para referirse a esta forma de oración, que evoca los grandes misterios de Jesús y María unidos en gozos, dolores y triunfos1. La contemplación de estos misterios ofrece a las almas fieles una confirmación maravillosa de la fe, protección contra el error y un aumento de la fuerza espiritual1. La oración del Rosario, en su esencia, está compuesta por palabras que provienen de Dios mismo, del Arcángel Gabriel y de la Iglesia, llenas de alabanza y de elevados deseos, renovándose y continuándose en un orden fijo y variado, con frutos siempre nuevos y dulces1.
Diversos Papas han destacado la importancia de la Corona del Rosario. El Papa Pío XI la describió como un «compendio de todo el Evangelio» y un «salterio de la Virgen o breviario del Evangelio y de la vida cristiana»2,3. También señaló que la Santísima Virgen misma ha recomendado esta forma de oración, como en sus apariciones en Lourdes4. El Papa Juan Pablo II enfatizó que el Rosario es una oración que concierne a María unida a Cristo en su misión salvífica, y al mismo tiempo, una oración a María como nuestra mejor mediadora ante su Hijo. Es una oración que se reza especialmente con María, al igual que los apóstoles oraron con ella en el Cenáculo preparándose para recibir el Espíritu Santo5.

