Primeros Impulsos y Reconocimiento Local
El deseo de establecer una fiesta dedicada específicamente a la Eucaristía comenzó a tomar forma en el siglo XIII. Aunque la presencia real de Cristo en el sacramento siempre fue una doctrina fundamental, el crecimiento de la devoción eucarística y la necesidad de reafirmar esta verdad frente a ciertas controversias teológicas impulsaron la búsqueda de una celebración más prominente1. Un punto clave en este desarrollo fue la experiencia mística de Santa Juliana de Lieja, una monja agustina belga, quien a principios del siglo XIII tuvo visiones que la llevaron a promover una fiesta en honor al Santísimo Sacramento1. Su insistencia, junto con el apoyo de figuras eclesiásticas como el obispo Roberto de Thourotte y, más tarde, el archidiácono de Lieja, Jacques Pantaléon (quien se convertiría en el Papa Urbano IV), fue crucial1.
En 1246, el obispo Roberto de Thourotte instituyó la fiesta de Corpus Christi en su diócesis de Lieja1. Poco después, un milagro eucarístico en Bolsena, Italia, en 1263, donde una hostia consagrada sangró durante la misa, fortaleció aún más la convicción de la presencia real y la necesidad de una festividad universal1.
Promulgación Universal y Consolidación
El Papa Urbano IV, consciente de la creciente devoción y del milagro de Bolsena, emitió la bula Transiturus de hoc mundo en 1264, estableciendo la Solemnidad de Corpus Christi para toda la Iglesia universal1. Para esta ocasión, encargó a Santo Tomás de Aquino la composición de los textos litúrgicos para la Misa y el Oficio Divino de la nueva fiesta, incluyendo himnos tan venerados como el Pange Lingua (con sus últimas dos estrofas, Tantum Ergo), el O Salutaris Hostia y el Adoro te Devote1. Estos textos, de profunda belleza teológica y poética, han enriquecido la liturgia eucarística desde entonces.
A pesar de la bula de Urbano IV, la difusión de la fiesta fue gradual. Fue el Concilio de Vienne en 1311-1312, bajo el pontificado de Clemente V, el que renovó el mandato de su observancia. Sin embargo, su carácter obligatorio en toda la Iglesia se consolidó definitivamente con la reforma del calendario litúrgico tras el Concilio de Trento en 1570, cuando el Papa Pío V la incluyó en el Misal Romano universal1. Desde entonces, Corpus Christi ha sido una de las festividades más importantes y celebradas en el catolicismo.

