El pasaje evangélico más directamente asociado con esta práctica es Mt 18,15: Jesús pide que quien advierta que su hermano ha pecado vaya a hablar con él a solas; si el hermano escucha, «habrás ganado a tu hermano». La corrección aparece así como un esfuerzo para recuperar una relación y ayudar a la persona, no como una ocasión para divulgar su falta.3
San Pablo completa esta orientación en Ga 6,1: quien ayuda a corregir debe hacerlo «con espíritu de mansedumbre» y vigilarse a sí mismo, consciente de que también puede caer. Esta advertencia excluye la presunción de quien se cree moralmente impecable y recuerda que la corrección exige humildad y cuidado.1
La tradición cristiana ha incluido la corrección de quienes pecan entre las obras de misericordia espirituales. Benedicto XVI recordó que la preocupación por el prójimo no se reduce a su bienestar material: también alcanza su vida espiritual y su destino último. Por ello, la caridad no siempre consiste en callar; puede exigir una advertencia cuando el silencio deja al hermano expuesto al mal.1



