La revelación bíblica sobre la creación del mundo se encuentra principalmente en el Antiguo Testamento, donde se presenta como un acto soberano de Dios que establece el orden cósmico y la dignidad de las criaturas. Estos relatos no buscan ofrecer una explicación científica literal, sino transmitir verdades espirituales profundas sobre la relación entre el Creador y lo creado.
El relato de Génesis 1
El primer capítulo del Génesis describe la creación en una secuencia de seis días, culminando en el reposo del séptimo, que simboliza la perfección y el modelo para el sábado. Dios inicia su obra con la palabra creadora: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1,1)1. Cada etapa revela una progresión ordenada: la separación de la luz de las tinieblas, la formación del firmamento, la aparición de la tierra fértil, los astros, las criaturas acuáticas y aéreas, los animales terrestres, y finalmente, el ser humano como coronación de la creación2. Esta estructura poética enfatiza que todo surge por la voluntad divina, y al final de cada día se repite la afirmación de su bondad: «Y vio Dios que era bueno» (Gn 1,4.10.12.18.21.25), hasta el «era cosa muy buena» tras la creación del hombre (Gn 1,31)3. El relato no pretende detallar procesos naturales, sino resaltar el origen divino y el valor de lo creado para la alabanza de Dios1.
El concepto de ex nihilo
La doctrina de la creación ex nihilo, o «de la nada», es central en la fe católica y se infiere del texto bíblico, aunque no se exprese explícitamente en el Génesis. Implica que Dios no utilizó materia preexistente, sino que su poder omnipotente dio existencia a todo lo que no era4. El Concilio Lateranense IV lo definió claramente: Dios «por su bondad y omnipotente virtud […] de la nada creó […] cada criatura»4. Esta verdad, desarrollada en la tradición, rechaza cualquier idea de un universo eterno o autónomo, afirmando que el mundo depende totalmente de la voluntad libre de Dios5. Como explica el Papa Juan Pablo II, esta creación no contradice la teoría de la evolución si se entiende como instrumento de la causalidad divina, preservando la primacía de Dios como causa primera2.
