El relato de la creación del Génesis presenta al ser humano como creado «a imagen» de Dios y vincula esa condición con su especial dignidad y responsabilidad dentro del mundo creado (Gn 1,26-27). El pasaje aplica la imagen tanto al hombre como a la mujer, y no describe a Dios como un ser de aspecto humano: habla de una semejanza que expresa la relación singular entre el Creador y la criatura humana.1,2
La palabra «imagen» puede evocar una representación visible. En el Génesis, sin embargo, el ser humano no es una figura inerte: es una criatura viva, capaz de actuar y de entrar en relación. La semejanza expresa que la persona puede representar a Dios en el mundo creado sin ser idéntica a Él. La distancia entre Creador y criatura permanece, pero Dios llama al ser humano a una relación personal y a una alianza.1
La Biblia emplea en Génesis 1,26 los términos «imagen» y «semejanza», mientras que los versículos siguientes y otros pasajes del Génesis usan uno u otro término. Esa variación ha dado lugar a distintas interpretaciones teológicas. No obliga, por sí sola, a entender que ambos vocablos designen dos partes separadas de la persona.1
La creación a imagen de Dios comprende a la persona humana en su unidad, no solo una facultad aislada. Aunque diversos autores cristianos han localizado particularmente la semejanza divina en la inteligencia, la libertad o la capacidad de contemplación, la reflexión católica también considera la condición corporal, las relaciones humanas y la vida social.3,4,2

