La fe católica sostiene que la Sagrada Escritura posee una credibilidad absoluta en su origen divino. Dios, mediante el Espíritu Santo, inspiró a los autores humanos para que escribieran lo que Él quería comunicar para la salvación de la humanidad.1,2,3
Dios como autor principal
Desde la perspectiva católica, Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Los libros bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, quien actúa en los hagiógrafos para afirmar la verdad sin error.3 Esta inspiración no anula la humanidad de los textos, sino que los eleva a instrumento de revelación divina. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, «los libros de la Escritura enseñan firmemente, fielmente y sin error esa verdad que Dios, por medio de la Escritura, quiso confinar a las almas para su salvación».1
«Ya que, por consiguiente, todo lo que afirman los autores inspirados o hagiógrafos debe considerarse afirmado por el Espíritu Santo, hay que reconocer que los libros de la Escritura enseñan firmemente, fielmente y sin error la verdad que Dios, por medio de la Escritura, quiso confinar a las almas para su salvación.»1
Esta doctrina subraya que la credibilidad de la Biblia no depende de pruebas científicas o históricas puras, sino de la fe en la acción divina, confirmada por la tradición apostólica.
Rol de los autores humanos
Los hagiógrafos actúan como causas instrumentales: conciben, juzgan y expresan bajo la moción sobrenatural del Espíritu Santo.4 No se trata de una dictadura mecánica, sino de una sinergia divina-humana donde Dios asiste al escritor para que exprese con verdad inerrante lo que Él desea.2 Así, la Biblia es simultáneamente palabra de Dios y palabra de hombres, adaptada a modos humanos de expresión.5

