El Credo de los Apóstoles no fue compuesto por los apóstoles en una única sesión, sino que se desarrolló a partir de las profesiones de fe bautismales de la Iglesia primitiva1. Estas profesiones eran interrogativas y se utilizaban como preparación para el sacramento del Bautismo, una práctica que se remonta a los «Cánones» de Hipólito y las «Catequesis» de San Cirilo de Jerusalén2. La tradición de contar doce artículos en el Credo se asocia con los doce apóstoles, simbolizando la plenitud de la fe apostólica3.
A lo largo de los siglos, a partir de un núcleo inmutable que testifica a Jesús como Hijo de Dios y Señor, se desarrollaron símbolos que atestiguan la unidad de la fe y la comunión de las Iglesias1. Estos símbolos recopilaron las verdades fundamentales que todo creyente debe conocer y profesar1. Los Padres de la Iglesia, reunidos en concilios, también formularon nuevos credos para responder a desafíos históricos y defender la ortodoxia, los cuales ocupan un lugar especial en la vida de la Iglesia1. La diversidad de estos símbolos expresa la riqueza de la única fe, y ninguno de ellos es anulado por profesiones de fe posteriores1.
El Credo de los Apóstoles es considerado el catecismo romano más antiguo4. Aunque el Credo Niceno-Constantinopolitano es más explícito y detallado, el Credo de los Apóstoles sirve como la base principal para la presentación de la fe en el Catecismo de la Iglesia Católica4.

