El Credo Niceno-Constantinopolitano tiene sus raíces en el Símbolo de Nicea, formulado en el Primer Concilio Ecuménico de Nicea en el año 325 d.C. Este concilio fue convocado para abordar la herejía arriana, que negaba la divinidad plena de Jesucristo1. El Símbolo de Nicea original afirmaba que Jesús es «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre» (homoousios)2. Esta formulación fue crucial para establecer la divinidad de Cristo y su coeternidad con el Padre2.
Casi cincuenta años después, el Primer Concilio de Constantinopla en el año 381 d.C. amplió y clarificó el credo niceno. Esta expansión se realizó principalmente para combatir la herejía de los Pneumatomachoi (enemigos del Espíritu), quienes negaban la divinidad del Espíritu Santo1. Aunque el Concilio de Constantinopla no produjo un nuevo credo en el sentido de desechar el de Nicea, el texto que hoy conocemos como Credo Niceno-Constantinopolitano es la forma amplificada que se atribuye a este concilio3,1. La primera documentación de este símbolo ampliado se encuentra en el Concilio de Calcedonia (451 d.C.), donde fue leído dos veces e insertado en sus Actas, siendo designado como «El Credo del Concilio de Constantinopla de 381»4,3.
Algunos historiadores, como Hort, Caspari y Harnack, han cuestionado si la forma constantinopolitana se originó directamente en el Concilio de Constantinopla, señalando que no aparece en las Actas del concilio de 381 y que Padres como Gregorio Nacianceno, presente en el concilio, solo mencionan la fórmula nicena original, lamentando su incompletitud respecto al Espíritu Santo3. Sin embargo, la tradición eclesial ha reconocido este credo como la expresión auténtica y preservada de la fe nicena, con adiciones significativas en el tercer artículo para especificar la divinidad del Espíritu Santo1.


