La visión de Dios
La vida eterna consiste principalmente en la visión beatífica: la contemplación inmediata de Dios. Los bienaventurados verán a Dios cara a cara y participarán de su felicidad sin posibilidad de perderla.
La vida eterna supera toda experiencia terrena. No constituye una repetición interminable del tiempo, sino la participación plena en la vida divina. La persona alcanzará su finalidad última y encontrará en Dios la satisfacción completa de su deseo de verdad, bondad, belleza y amor.
El cielo
El cielo es la comunión de vida y amor con la Trinidad, la Virgen María, los ángeles y todos los santos. La felicidad celestial no procede de bienes creados aislados, sino de la posesión de Dios.
La Iglesia enseña que los bienaventurados gozan de la visión de Dios antes de la resurrección corporal definitiva. Después de la resurrección, esa comunión alcanzará también la dimensión corporal y comunitaria que corresponde a la persona humana en su totalidad.
La gloria no elimina la identidad personal ni la diversidad de los dones. Todos alcanzarán la felicidad perfecta, aunque la participación en la gloria corresponderá a la historia de amor y fidelidad de cada uno.
El purgatorio
El purgatorio es la purificación final de quienes mueren en la gracia de Dios, pero todavía necesitan ser purificados de las consecuencias del pecado. No constituye una segunda oportunidad de conversión ni una condenación eterna.
La purificación prepara la entrada en la santidad perfecta del cielo. Las almas del purgatorio pertenecen a la comunión de los santos y reciben ayuda mediante la oración de la Iglesia, especialmente mediante la celebración de la Eucaristía y las obras de caridad ofrecidas por los fieles.
Los concilios de Lyon II, Florencia y Trento forman parte de la enseñanza doctrinal que el Catecismo relaciona con la purificación después de la muerte.
El infierno
El infierno designa la exclusión eterna de la visión de Dios. La condenación procede del rechazo grave y definitivo de Dios y de su amor. La Iglesia afirma la realidad del infierno como advertencia seria sobre la responsabilidad humana, aunque no declara quiénes se encuentran condenados.
La existencia del juicio y de la condenación no contradice la misericordia divina. Dios ofrece la gracia y llama a la conversión; el ser humano puede rechazar libremente esa oferta. La condenación manifiesta la gravedad de una libertad que se cierra definitivamente a Dios.