El concepto de cripta tiene sus raíces en los primeros siglos del cristianismo, cuando los cristianos de Roma y otras regiones comenzaron a establecer lugares de entierro separados, a menudo en propiedades privadas1. Estos primeros cementerios, conocidos como catacumbas, eran complejos sistemas de galerías subterráneas con nichos (loculi) excavados en las paredes para los cuerpos1. Las catacumbas no solo eran lugares de sepultura, sino también espacios donde los primeros cristianos expresaban su fe a través de inscripciones y pinturas, y donde se desarrollaba un ferviente culto a los mártires2,3.
Con el tiempo, a medida que las visitas a los lugares de entierro fuera de las murallas de Roma disminuyeron, la Iglesia comenzó a traer los restos de los mártires dentro de las ciudades. En lugar de construir iglesias sobre las tumbas, se excavaron tumbas debajo de las iglesias para depositar las preciosas reliquias4. Este desarrollo dio origen primero a la confessio de las basílicas y, más tarde, a la cripta, que cumplía el mismo propósito en las iglesias de la Alta Edad Media4. La cripta románica es, por tanto, una descendiente directa de las excavaciones de las catacumbas cristianas primitivas4.
El término confessio, que originalmente designaba el lugar de enterramiento de un confesor o mártir, también se aplicó al altar erigido sobre la tumba, al cubiculum subterráneo que contenía la tumba, y al altar mayor de la basílica construida sobre la confessio5. En los casos de traslación de reliquias, estas se depositaban en una cripta debajo del altar mayor o en un espacio hueco accesible a los fieles5.
