El cristianismo tuvo su origen en Palestina durante el reinado del emperador romano Tiberio, con la enseñanza de Jesucristo1. Tras su muerte, la misión de difundir sus enseñanzas por todo el mundo fue encomendada a hombres escogidos entre sus seguidores1. Esta misión comenzó el día de Pentecostés, alrededor del año 29 d.C., fecha que se considera el nacimiento de la Iglesia cristiana1.
Los orígenes del cristianismo y de la Iglesia Católica son hechos históricos que están probados y determinados en el tiempo y el espacio, de los cuales la Iglesia tiene plena conciencia2. La historia del pueblo judío, tal como se narra en el Antiguo Testamento, es vista como una preparación gradual y clara para la predicación del cristianismo1. En Israel se preservaron verdades fundamentales como la existencia y unidad de Dios, su providencia y la responsabilidad de las criaturas hacia Él1. Los profetas, con creciente claridad, anunciaron una revelación más plena y universal, un tiempo y un hombre a través de quien Dios bendeciría a todas las naciones1.
Aunque los fundadores y discípulos de Jesús eran judíos ortodoxos y mantuvieron prácticas judías por un tiempo después de Pentecostés, el cristianismo fue una religión nueva y distinta del judaísmo de la época1. Era nuevo en su Fundador, en gran parte de su credo, en su actitud hacia Dios y el hombre, y en el espíritu de su código moral1. San Pablo enfatizó esta novedad, afirmando que «si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17)1.
