Persecuciones en el Imperio romano
Los primeros siglos del cristianismo conocieron episodios de persecución en el Imperio romano. Las medidas no fueron uniformes ni constantes: en algunos periodos afectaron a determinadas ciudades o regiones, mientras que en otros adquirieron alcance más amplio. La persecución de Nerón en Roma, en la década del 60, quedó asociada en la tradición cristiana a la muerte de los apóstoles Pedro y Pablo.
En los siglos II y III, las acusaciones populares y la exigencia de participar en el culto imperial expusieron a los cristianos a procesos, castigos y ejecuciones. Durante el reinado de Marco Aurelio hubo una persecución local en Lyon, en el año 177, que afectó a cristianos de aquella ciudad.,
Las persecuciones de Decio, entre 249 y 251, y de Valeriano, entre 253 y 260, tuvieron especial gravedad. Decio exigió a los ciudadanos un acto de culto al emperador, lo que puso a los cristianos ante el dilema de cumplir una práctica incompatible con su fe o afrontar las consecuencias. Algunos obtuvieron certificados que acreditaban su conformidad; otros huyeron, fueron encarcelados o murieron por negarse a realizar el sacrificio.,
A comienzos del siglo IV, la persecución contra los cristianos volvió a alcanzar gran intensidad en distintas zonas del Imperio. La memoria de esas víctimas, junto con la de quienes padecieron anteriores represalias locales, ocupa un lugar central en el martirologio y en la historia de la Iglesia.
Persecuciones en épocas posteriores
El fin de las persecuciones romanas no puso término al sufrimiento de las comunidades cristianas. A lo largo de los siglos, cristianos de diversas tradiciones han padecido hostigamiento, violencia y restricciones por su fe en distintos contextos políticos y sociales. La memoria eclesial incluye tanto a quienes murieron como a quienes fueron encarcelados, expulsados de su patria o privados de libertad para practicar la religión.
En el siglo XX, la persecución adoptó con frecuencia formas de control estatal, prisión, exilio y limitación de la actividad pastoral. La enseñanza pontificia de la época recordó a obispos, sacerdotes y laicos confinados o expulsados por negarse a abandonar la fe católica o las tareas propias de su vocación.
Actualmente, las comunidades cristianas continúan sufriendo ataques y discriminación en diversos lugares. Las formas contemporáneas incluyen, además de la violencia mortal, la expulsión, el internamiento, el trabajo forzado y una suerte de «muerte civil» causada por la exclusión y la privación sistemática de derechos.,