La institución de la fiesta de Cristo Rey fue una respuesta directa a los desafíos de la época moderna, particularmente después de la Primera Guerra Mundial, cuando el laicismo y el anticlericalismo ganaban terreno, llevando a una sociedad que buscaba marginar la influencia de Cristo3,7. El Papa Pío XI, en su encíclica Quas Primas, expresó el deseo de muchos Cardenales, Obispos y fieles de establecer una fiesta especial en honor a la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo2.
El Papa Pío XI instituyó esta fiesta por su autoridad apostólica, decretando que se celebraría anualmente en todo el mundo el último domingo de octubre, inmediatamente antes de la Fiesta de Todos los Santos1,5. Posteriormente, con la reforma del calendario litúrgico, la solemnidad se trasladó al último domingo del Tiempo Ordinario, donde ahora sirve como la culminación del año litúrgico6. Esta ubicación al final del año litúrgico permite que la fiesta de la Realeza de Cristo corone los misterios de la vida de Cristo ya conmemorados durante el año5.
Además de la institución de la fiesta, el Papa Pío XI ordenó que la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, establecida por su predecesor San Pío X, se renovara anualmente en este día1. Esta conexión subraya la íntima relación entre el reinado de Cristo y su amor misericordioso, manifestado en su Sagrado Corazón8,9.
