La Cristología, como campo de estudio, tiene sus raíces en el Nuevo Testamento, donde ya se encuentran diversas aproximaciones a la persona de Cristo1,2. Mientras que el Evangelio de San Juan parte de la divinidad de Jesús como el Verbo de Dios que se hizo carne (Jn 1:1, 1:14), los Evangelios Sinópticos y los Hechos de los Apóstoles enfatizan las experiencias de los discípulos con Jesús antes y después de la Pascua para llegar a la misma conclusión sobre su divinidad1.
En los primeros siglos de la Iglesia, la comprensión de la persona de Cristo evolucionó a través de himnos y fórmulas cristológicas presentes en las Escrituras, como Romanos 1:3-4, Filipenses 2:5-11, Colosenses 1:15-20, 2 Corintios 4:4 y Hebreos 1:31. Estas expresiones populares a menudo se referían a Cristo como «espíritu» o «ángel» para resaltar su estatus único en relación con los seres humanos y toda la creación1.
Los Primeros Concilios Ecuménicos
El desarrollo dogmático de la Cristología estuvo fuertemente influenciado por los primeros concilios ecuménicos, que abordaron las herejías trinitarias y cristológicas3.
Concilio de Nicea I (325 d.C.)
El Primer Concilio de Nicea (325 d.C.) se centró principalmente en la divinidad del Logos1. Este concilio fue crucial para establecer la consustancialidad del Hijo con el Padre, afirmando que Jesús es verdadero Dios4.
Concilio de Constantinopla I (381 d.C.)
El Concilio de Constantinopla I (381 d.C.) continuó el trabajo de Nicea, enfocándose en la divinidad del Espíritu Santo como la tercera persona de la Trinidad1. También fue significativo por su término clave enanthropeö («hacerse hombre»), que atestigua la plena humanidad de Cristo5. Este concilio respondió a la herejía del apolinarismo, que negaba la existencia de un alma racional en Cristo, sosteniendo que el Logos divino ocupaba el lugar de la mente humana de Cristo5. La importancia de este concilio se subraya litúrgicamente por el gesto de inclinarse al pronunciar la frase «se hizo hombre» durante el Credo Niceno-Constantinopolitano5.
Un principio soteriológico crucial en este período fue la formulación clásica de que «lo que no fue asumido no fue sanado o salvado»5. Este principio, basado en la comprensión de que el propósito de la encarnación de Dios era la salvación humana, afirma que el hombre no habría sido salvado completamente si Cristo no se hubiera revestido completamente de la humanidad5.
Concilio de Éfeso (431 d.C.)
El Concilio de Éfeso (431 d.C.) aprobó el uso de la expresión «unión hipostática» de San Cirilo de Alejandría, afirmando que la divinidad y la humanidad en Cristo forman una sola hipóstasis o persona6. En este concilio se condenó la idea de que Cristo consistía en dos personas o hijos, el Hijo de Dios y una persona humana autónoma6.
Concilio de Calcedonia (451 d.C.)
El Concilio de Calcedonia (451 d.C.) es un hito fundamental en la Cristología, ya que buscó reconciliar las perspectivas de las escuelas de Antioquía y Alejandría, que a menudo tenían dificultades para conciliar la trascendencia (distinción de las dos naturalezas) con la inmanencia (unión hipostática)7. Calcedonia distinguió claramente dos naturalezas en la única hipóstasis o prosopon de Jesucristo6. La fórmula «dos naturalezas en una hipóstasis/persona» se convirtió en la expresión ortodoxa estándar6.
El concilio utilizó las expresiones «sin confusión» (asygchytos) y «sin división» (adiairetos) para describir la unión de las dos naturalezas en Cristo7. «Sin confusión» afirma que la humanidad de Jesús es auténtica, mientras que «sin división» proclama la unión profunda e irreversible de Dios y el hombre en la persona de Cristo7. Esta unión no es moral o accidental, ni tampoco una mezcla de naturalezas8,3. La humanidad de Jesús es una humanidad verdadera, y Dios permanece Dios, sin ningún estado intermedio entre la divinidad y la humanidad7.
Calcedonia respondió a la herejía del monofisismo (o eutiquianismo), que comprometía la plena humanidad de Cristo al postular en Él no dos naturalezas, sino una naturaleza mezclada o fusionada5.
Concilios de Constantinopla II y III (553 d.C. y 680-681 d.C.)
Los Concilios de Constantinopla II (553 d.C.) y III (680-681 d.C.) confirmaron y desarrollaron las enseñanzas de Calcedonia9. Constantinopla II condenó a Teodoro de Mopsuestia por afirmar que la unión de Dios Verbo con Cristo era similar a la de un hombre y una mujer, y aclaró que la unión hipostática no es una unión accidental, sino por síntesis, es decir, según la hipóstasis9.
Constantinopla III, siguiendo la enseñanza de la unión hipostática, expuso la doctrina sobre las voluntades y operaciones de Cristo, afirmando que la diferencia de naturalezas en la misma y única hipóstasis se reconoce en el hecho de que cada naturaleza quiere y realiza lo que le es propio en comunión con la otra9. Así, se proclaman dos voluntades y acciones naturales que concurren para la salvación del género humano9.

