Los cuatro Evangelios narran la condena y crucifixión de Jesús con perspectivas propias, pero coinciden en los acontecimientos fundamentales: la comparecencia ante Poncio Pilato, la condena a muerte, la flagelación, la burla de los soldados, el camino hacia el Gólgota, la crucifixión entre dos delincuentes, la muerte de Jesús y su sepultura.
Condena ante Poncio Pilato
Según los Evangelios sinópticos, los sumos sacerdotes y los ancianos llevaron a Jesús ante Poncio Pilato, gobernador romano de Judea. Las acusaciones presentaban a Jesús como un pretendiente regio y como una amenaza para el orden político. Pilato preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices» (Mt 27,11; Mc 15,2; Lc 23,3).1,2,3
El Evangelio según san Lucas presenta repetidamente a Pilato declarando la inocencia de Jesús. También relata el envío de Jesús ante Herodes Antipas, que lo interrogó y permitió que sus soldados lo ridiculizaran antes de devolverlo a Pilato. Finalmente, Pilato cedió ante la presión de la multitud y entregó a Jesús para que lo crucificaran, aunque no había encontrado en él causa suficiente para una condena capital (Lc 23,4-25).3
El Evangelio según san Juan añade un diálogo teológico entre Jesús y Pilato. Jesús afirma que su reino no pertenece a la lógica de los poderes mundanos y declara que Pilato no tendría autoridad sobre él si no la hubiera recibido «de lo alto» (Jn 19,10-11). La escena culmina con la presentación de Jesús coronado de espinas y vestido con un manto púrpura: «Aquí tenéis al hombre»; después, Pilato lo entregó para la crucifixión (Jn 19,1-16).4
Flagelación y coronación de espinas
Antes de conducirlo al lugar de la ejecución, los soldados romanos flagelaron a Jesús. Después tejieron una corona de espinas, le pusieron un manto de color púrpura y lo saludaron burlonamente como «rey de los judíos». También lo golpearon, le escupieron y se arrodillaron ante él en un simulacro de homenaje (Mt 27,26-31; Mc 15,15-20; Jn 19,1-3).1,2,4
La coronación de espinas posee una doble dimensión. En el plano histórico, expresa la crueldad y la humillación de la violencia política. En el plano teológico, manifiesta de forma paradójica la verdadera realeza de Cristo. Jesús reina no mediante la dominación, sino mediante la entrega de sí mismo. La Cruz, que representa la derrota ante los ojos del mundo, se convierte en el trono desde el que el Mesías atrae a todos hacia él.5
El camino hacia el Gólgota
Los Evangelios narran que los soldados llevaron a Jesús fuera de Jerusalén hasta un lugar llamado Gólgota, palabra aramea que significa «lugar de la calavera» o «lugar del cráneo». San Marcos sitúa la crucifixión a la tercera hora, aproximadamente las nueve de la mañana (Mc 15,22-25).2
Durante el camino, los soldados obligaron a Simón de Cirene a llevar la cruz de Jesús. San Lucas presenta este gesto como una participación concreta en el camino del condenado: Simón camina detrás de Jesús llevando el madero (Lc 23,26).3
San Lucas recoge también las palabras de Jesús dirigidas a las mujeres de Jerusalén. Jesús no concentra la atención en su propio sufrimiento, sino que las invita a reconocer la gravedad del pecado y la necesidad de conversión (Lc 23,27-31). Esta actitud manifiesta la libertad interior con la que afronta la Pasión: incluso en el momento de la extrema humillación, continúa ejerciendo su misión salvadora.3



