La Iglesia honra la Cruz porque Cristo la convirtió en signo de salvación y en instrumento de redención. El culto cristiano nace de la relación real entre el madero del Calvario y el sacrificio de Cristo: por la Cruz, Cristo reconciliació a los hombres con Dios y abrió el camino de la vida nueva.2
En la liturgia y en la catequesis antigua aparece la Cruz como marco espiritual y protección. La predicación catequética vinculó el signo de la cruz con la vida cristiana: la comunidad cristiana lo entendió como «sello de Cristo» y «signo de salvación».3 En ese mismo horizonte, la tradición eclesial describe la Cruz como defensa contra las potencias del mal, con un lenguaje coherente con la visión espiritual del combate cristiano.3
La teología de la Cruz también proclama su victoria. La tradición litúrgica y patrística asocia la Cruz con la derrota del «dragón infernal», y Cirilo de Jerusalén presenta el triunfo de Cristo por el signo de la Cruz.4


