La tradición teológica, a partir de la Escritura y de la reflexión de los Padres y doctores de la Iglesia, describe varias propiedades del cuerpo resucitado. Estas cualidades no convierten el cuerpo en otra naturaleza, sino que manifiestan la perfección que Dios le concede.
Incorrupción
El cuerpo glorioso será incorruptible. No estará sujeto al envejecimiento, la enfermedad, la descomposición ni la muerte. La condición corporal ya no padecerá la inestabilidad propia de la existencia terrena.
San Agustín distingue entre el cuerpo mortal de la vida presente y el cuerpo resucitado, que ya no tendrá siquiera la posibilidad de morir. La resurrección no proporciona simplemente una prolongación indefinida de la vida biológica, sino una existencia completamente liberada de la mortalidad.
Gloria
El cuerpo resucitado participará de la gloria de Cristo. La gloria no consiste únicamente en una apariencia luminosa, aunque la tradición cristiana emplee imágenes de luz para expresarla. Designa la plena manifestación de la vida divina en la criatura y la perfecta armonía de la persona con Dios.
San Pablo contrapone el cuerpo sembrado en deshonra al cuerpo resucitado en gloria. La vergüenza, la degradación y las consecuencias del pecado no tendrán la última palabra sobre el ser humano redimido.
Poder
El cuerpo glorioso será resucitado en poder, frente a la debilidad que caracteriza actualmente al cuerpo humano. La enfermedad, el cansancio, la fragilidad y la limitación corporal pertenecen a la condición presente; la vida futura manifestará la fuerza plena que Dios concede a la persona resucitada.
Este poder no significa autonomía absoluta ni divinización de la criatura. La persona glorificada continúa dependiendo de Dios como criatura, pero participa de una vida que ya no encuentra resistencia en la corrupción ni en la muerte.
Plena obediencia del cuerpo al alma
Santo Tomás enseña que el cuerpo glorioso estará totalmente ordenado al alma. En la condición actual, la enfermedad, el cansancio, las pasiones desordenadas y la debilidad corporal pueden dificultar el ejercicio de las facultades humanas. En la resurrección, el cuerpo no obstaculizará la contemplación ni la libertad de la persona, sino que cooperará plenamente con ellas.
La obediencia del cuerpo al alma no implica desprecio por la corporalidad. Al contrario, manifiesta la integración perfecta de todas las dimensiones humanas. El cuerpo no será un instrumento sometido de forma violenta, sino un cuerpo plenamente armonizado con la verdad y el bien de la persona.
Identidad y continuidad
El cuerpo glorioso conservará la identidad de la persona que murió. La resurrección no producirá un individuo nuevo, sino que devolverá la vida a la misma persona. Santo Tomás fundamenta esta continuidad en la permanencia del alma racional y en su unión con el cuerpo propio.
La identidad no excluye la transformación. El cuerpo resucitado será el mismo cuerpo en cuanto pertenece a la misma persona, pero alcanzará un estado que supera completamente su condición actual. La continuidad garantiza la identidad; la transformación manifiesta la gloria.