En el lenguaje ordinario, la expresión mal menor puede designar el daño menos grave entre varios daños posibles. En moral católica, sin embargo, la expresión requiere precisión, porque puede inducir a pensar que una persona adquiere permiso para cometer un pecado cuando pretende evitar un perjuicio mayor.
La doctrina católica no enseña que «el fin justifica los medios». Una persona no puede realizar directamente un acto intrínsecamente malo para alcanzar una finalidad buena, aunque la finalidad consista en salvar una vida, evitar un escándalo o proteger a una familia. La Iglesia enseña que existen actos cuya elección desordena siempre la voluntad y que nunca resulta lícito hacer el mal para obtener un bien.1
La cuestión correcta no suele plantearse así:
«¿Qué pecado menor puedo cometer para evitar un pecado mayor?»
La pregunta moral adecuada adopta otra forma:
«¿Qué acción buena, justa o moralmente indiferente puedo realizar para reducir el daño inevitable, sin elegir directamente el mal?»
Esta diferencia separa la elección de un mal moral de la tolerancia prudente de una consecuencia mala.


