La interrogante sobre el mal ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes, expresada en la Escritura como el misterio del sufrimiento inocente y la rebelión contra Dios. En el contexto contemporáneo, el Concilio Vaticano II describe el mundo como un escenario marcado por los esfuerzos humanos, sus derrotas y victorias, pero también por la esclavitud del pecado, del que Cristo libera a la creación.2
Este problema se agudiza al considerar la condición del hombre moderno: enviado por Dios a dominar el creado, pero obstaculizado por el mal moral, que cierra el progreso y el desarrollo pleno.1 La cuestión del mal menor no niega la realidad opresiva del mal —a veces abrumadora en la historia—, sino que la enmarca en el designio providencial: Dios permite males puntuales para un bien superior, evitando que la creación sea un mecanismo determinista carente de libertad.3
