Atención integral
El equipo debe valorar al niño como una unidad. El dolor físico puede coexistir con ansiedad, aislamiento, insomnio, miedo, dificultades respiratorias, tristeza o angustia familiar. Por eso, los cuidados necesitan coordinación entre profesionales de distintas áreas:
- Pediatría.
- Enfermería.
- Analgesia y control de síntomas.
- Psicología.
- Trabajo social.
- Rehabilitación.
- Atención espiritual y pastoral.
- Orientación familiar.
La atención integral también incluye las necesidades prácticas de la familia: desplazamientos, descanso de los cuidadores, escolarización, atención de los hermanos y posibilidad de recibir cuidados en el domicilio.
Control del dolor y de los síntomas
El tratamiento del dolor constituye una exigencia de respeto al niño. La evaluación debe adecuarse a su edad y a su capacidad para expresar lo que siente. Los profesionales pueden observar el llanto, la postura corporal, la expresión facial, los cambios del sueño, la irritabilidad y otras manifestaciones de sufrimiento cuando el menor no puede hablar.
Los analgésicos y otros tratamientos deben administrarse de forma proporcionada a la intensidad del dolor y a la finalidad clínica. La doctrina católica considera lícito y, en ciertos casos, necesario proporcionar alivio farmacológico, siempre que la intención consista en aliviar el sufrimiento y no en causar la muerte.
El control paliativo puede abarcar, entre otros, los siguientes síntomas:
- Dolor.
- Dificultad respiratoria.
- Náuseas y vómitos.
- Convulsiones.
- Ansiedad.
- Insomnio.
- Agitación.
- Prurito.
- Estreñimiento.
- Fatiga.
- Secreciones respiratorias.
- Angustia psicológica y espiritual.
La sedación paliativa, cuando resulta clínicamente necesaria, exige una indicación proporcionada, una valoración especializada y una intención dirigida al alivio de síntomas refractarios, no a provocar la muerte. La administración de dosis masivas con el propósito de causar el fallecimiento constituiría una acción eutanásica y no un cuidado paliativo.
Proporcionalidad de los tratamientos
La ética católica distingue entre los tratamientos proporcionados y los tratamientos desproporcionados. Una intervención puede resultar útil en una fase de la enfermedad y convertirse más tarde en una carga excesiva, ineficaz o causante de sufrimiento adicional.
Cuando una terapia ya no ofrece un beneficio razonable al niño y produce una carga grave, puede retirarse o no iniciarse. Esta decisión no equivale a abandonar al paciente ni a provocar su muerte. La intención consiste en evitar una intervención inútil o excesivamente gravosa y permitir que la enfermedad siga su curso natural.
La retirada de tratamientos desproporcionados exige mantener la atención básica y paliativa. La hidratación, la nutrición, la termorregulación, el apoyo respiratorio proporcionado, el alivio del dolor y las demás medidas útiles deben continuar mientras beneficien realmente al organismo del niño.
Rechazo del encarnizamiento terapéutico
El encarnizamiento terapéutico consiste en prolongar intervenciones que ya no proporcionan un beneficio razonable y que pueden aumentar innecesariamente el sufrimiento. La Iglesia no exige utilizar todos los medios técnicamente disponibles. Exige valorar la proporción entre los beneficios esperados, las cargas para el paciente, las posibilidades reales de mejoría y las circunstancias concretas.
Rechazar una intervención desproporcionada no significa abandonar la vida del niño. La medicina continúa ofreciendo alivio, higiene, calor, contacto, asistencia respiratoria adecuada, apoyo emocional y presencia familiar.