Dignidad inviolable del enfermo
La enseñanza católica insiste en que la dignidad intrínseca de la persona no disminuye por la enfermedad, la vejez, la pérdida de conciencia o la cercanía de la muerte.
Por eso, la medicina —en su vocación propia— está siempre al servicio de la vida, incluso cuando no es posible vencer una patología grave. El objetivo del trabajo médico se orienta a la alleviación del sufrimiento y al respeto de la dignidad de la persona en condiciones extremas.
Cuidados paliativos y eutanasia: distinción moral esencial
La Iglesia afirma con claridad que la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas con discapacidad, enfermas o en fase de agonía, y que es moralmente inaceptable. Se considera un acto o una omisión que, por intención o por el mismo modo de obrar, causa la muerte para eliminar el sufrimiento, constituyendo un asesinato gravemente contrario a la dignidad humana y al respeto debido a Dios, creador.
Esta distinción es necesaria porque, aunque ciertas motivaciones puedan estar influidas por una compasión mal entendida, la eutanasia no rescata a la persona del dolor: lo que hace es suprimir la vida.
En consecuencia, la compasión verdadera impulsa a afrontar el sufrimiento y a acompañar al que sufre, promoviendo todo esfuerzo razonable para ayudar al enfermo, incluso cuando haya que reconocer el límite de las curas.
Encarnizamiento terapéutico: rechazo y respeto
Los cuidados paliativos se entienden en continuidad con el rechazo del encarnizamiento terapéutico. En la enseñanza presentada se explica que, en determinados momentos, ya no es posible aplicar tratamientos proporcionados y eficaces, y entonces se impone el deber de evitar todo tipo de obstinación o encarnizamiento terapéutico.
Se afirma también que la decisión de no iniciar o interrumpir una terapia no versa sobre el «valor de la vida» del paciente, sino sobre el valor del acto médico en esa situación concreta: tal decisión sería éticamente correcta cuando la terapia resulte ineficaz o claramente desproporcionada para sostener la vida o recuperar la salud.
Evitar el «abandono terapéutico» por motivos económicos o de desinterés
Junto al rechazo del encarnizamiento, la Iglesia advierte que debe evitarse el denominado abandono terapéutico, entendido como la omisión de tratamientos y terapias que alivian el sufrimiento. También se señala que no deben faltar tales ayudas por consideraciones puramente económicas, y que en la distribución de recursos han de tener un lugar atento las terapias debidas a los enfermos gravemente enfermos y en fase terminal.