La culpabilidad moral de un acto humano en la doctrina católica se refiere a la imputabilidad grave de una acción al agente, medida por su grado de libertad y conocimiento deliberado. Según la tradición tomista, adoptada por la Iglesia, las consecuencias de un acto influyen en su evaluación moral de manera secundaria, pero significativa.1,2
Un acto es bueno o malo por su objeto (fin directo), circunstancias y fin último, pero las consecuencias no transforman un acto intrínsecamente malo en bueno. Santo Tomás distingue:
Consecuencias previstas: Aumentan la bondad o maldad, ya que revelan la voluntad del agente. Si alguien prevé males graves y persiste, su desorden voluntario agrava la culpa.1
Consecuencias no previstas:
Por ejemplo, dar limosna es bueno, aunque el receptor la use mal; el bien del donante permanece.1 En cambio, un homicidio previsto con malas consecuencias mortales aumenta la culpabilidad.3
Esta doctrina evita extremos: ni ignora los efectos reales ni los absolutiza sobre el objeto intrínseco.
