El objeto moral
El objeto moral no equivale simplemente al resultado físico de una conducta. Designa la acción elegida tal como la configura la voluntad. Por ejemplo, devolver un bien ajeno, mentir, prestar auxilio a una persona herida o agredir deliberadamente a un inocente son elecciones moralmente distintas, aunque puedan producir consecuencias posteriores diversas.
La moralidad del acto comienza con la pregunta: ¿qué ha elegido realmente la persona? Después deben examinarse la intención y las circunstancias.
Una consecuencia buena no transforma automáticamente un objeto moralmente malo. Tampoco una consecuencia mala convierte necesariamente en mala una acción cuyo objeto era recto. La doctrina católica mantiene así una diferencia entre:
- La acción querida directamente.
- El fin buscado.
- Los efectos previstos o no previstos que acompañan a la acción.
El fin de la acción
El fin expresa el motivo subjetivo del agente. Una persona puede realizar una acción objetivamente buena por vanidad, interés o deseo de dominar. En ese caso, la intención puede disminuir la calidad moral de la conducta o incluso corromperla.
Por el contrario, una buena intención no legitima cualquier medio. El deseo de proteger a una familia, evitar un escándalo o alcanzar una ventaja social no permite elegir directamente una conducta injusta.
La tradición moral católica resume este principio afirmando que el fin no justifica los medios. Una consecuencia favorable tampoco puede justificar una elección intrínsecamente desordenada.
Las circunstancias y las consecuencias
Las circunstancias incluyen el lugar, el momento, las personas afectadas, la cantidad o gravedad del daño, el estado del agente y los efectos previsibles. Las consecuencias pertenecen principalmente a este ámbito circunstancial.
Por ejemplo, no tiene la misma gravedad sustraer una cantidad insignificante que apropiarse de los recursos indispensables para la supervivencia de una familia. La magnitud del daño puede agravar o atenuar la responsabilidad. Sin embargo, la circunstancia no cambia por sí misma la especie moral del acto: una mentira no deja de ser mentira porque produzca una ventaja; una injusticia no deja de ser injusticia porque beneficie posteriormente a alguien.