La Iglesia Católica distingue claramente entre la adoración (latría) y la veneración (dulía e hiperdulía). La adoración es el culto supremo que se reserva exclusivamente a Dios, reconociéndolo como Creador y Señor del universo1. Los cristianos adoran al Padre, a Cristo (el Verbo Encarnado) y al Espíritu Santo, como lo expresa el Credo Niceno-Constantinopolitano1.
Por otro lado, la veneración mariana, aunque superior a la que se da a los demás santos, es fundamentalmente diferente de la adoración divina1. No se le ofrece a María una veneración igual a la de las Personas divinas; existe una distancia infinita entre la veneración mariana y el culto a la Trinidad y al Verbo Encarnado1. El amor de los fieles por María se asemeja al afecto de los hijos por su madre a nivel espiritual, mientras que el amor a Dios debe ser sobre todas las cosas, con todo el corazón, alma y mente1.
Hiperdulía: La Veneración Especial a María
El término hiperdulía se utiliza para describir la veneración particular que se le rinde a la Virgen María. Esta distinción subraya su dignidad única como Madre de Dios (Theotókos) y su papel singular en el plan de salvación4,1. La veneración a María está intrínsecamente ligada a la glorificación de su Hijo, Jesucristo3. Honrar a la Madre conduce a conocer, amar y glorificar rectamente al Hijo, a través de quien todo existe3.
