San Juan Pablo II empleó de forma sistemática la expresión en la encíclica Evangelium vitae (1995). Allí describió la cultura de la muerte como una realidad social que puede constituir una estructura de pecado: una organización de ideas, actitudes e instituciones que favorece la negación de la solidaridad y la exclusión de las personas más vulnerables. No se trata solo de una suma de decisiones individuales, sino también de corrientes culturales, económicas y políticas que influyen en la manera de entender la vida y de ordenar la sociedad.1
La expresión no equivale a una acusación indiscriminada contra personas concretas ni presupone que quienes apoyan determinadas prácticas actúen siempre con intención maliciosa. Las circunstancias sociales y personales pueden reducir la responsabilidad subjetiva. El análisis se dirige también al marco cultural que condiciona las decisiones y presenta como razonables o incluso como derechos ciertas formas de rechazo de la vida.1,2
El término adquirió especial relevancia en Evangelium vitae, aunque la preocupación por la vida y por la misión de la Iglesia ante las culturas modernas también se relaciona con la reflexión del Concilio Vaticano II sobre la cultura. El diagnóstico de Juan Pablo II plantea que algunas transformaciones culturales no solo afectan a las costumbres: alteran los valores sociales y la comprensión de la libertad, la dignidad humana y el bien común.3
