En los primeros siglos de la Iglesia, cada diócesis solía tener una única iglesia principal donde residía el obispo. Los fieles de la ciudad y las aldeas circundantes acudían a esta iglesia para asistir a Misa y recibir los sacramentos2. Con el crecimiento de la Iglesia y el aumento del número de fieles, se incrementó el número de iglesias tanto en las ciudades como en las zonas rurales. En estas nuevas iglesias, los servicios eran oficiados por sacerdotes que, inicialmente, no eran designados de forma permanente2.
El Concilio de Trento, en respuesta a la necesidad de asegurar la atención pastoral, ordenó a los obispos que designaran vicarios idóneos para ejercer la cura de almas, asignándoles un beneficio o retribución adecuada3. Este concilio también previó la figura del vicario (ecónomo espiritual) para cumplir con las obligaciones de una iglesia parroquial durante la vacancia de la sede, hasta la elección de un nuevo rector3.

