Los Cursillos de Cristiandad se presentan como una experiencia que, «acrisolada en la experiencia» y «acreditada en sus frutos», ha llegado a diversos países como una forma de apostolado cristiano con vocación universal. En ese recorrido, el movimiento busca formar el espíritu en el cristianismo vivido y suscitar una conciencia más profunda de la pertenencia a la Iglesia.1
Su finalidad, tal como se expresa en intervenciones del Magisterio, puede resumirse en varias líneas convergentes:
Anunciar el Evangelio y promover la conversión de las personas a Cristo.2
Impulsar el testimonio cristiano en los lugares concretos donde la gente vive, trabaja y forma su vida familiar y social.4
Aportar a la paz en la verdad y la caridad, vinculando la formación cristiana con la misión en la sociedad.2
En una perspectiva eclesial, se subraya que el movimiento actúa con sentido de Iglesia (sensus Ecclesiae), entendiendo esta referencia como «norte que orienta» y «luz y manantial que inspira y vitaliza».1
