La práctica de reservar la Eucaristía tiene sus raíces en la necesidad de llevar el Viático a los enfermos y de distribuir la Comunión fuera de la Misa1. Con el tiempo, esta reserva dio lugar a la veneración de la Eucaristía, que se consideró una extensión de la gracia del sacrificio de la Misa1. La fe en la presencia real de Cristo en el Sacramento naturalmente condujo a una manifestación externa y pública de esta fe a través de la adoración1.
La forma de la custodia ha evolucionado a lo largo de los siglos. Inicialmente, la Eucaristía se guardaba en recipientes sencillos. La necesidad de exponer la Hostia para la adoración pública llevó al desarrollo de un vaso específico que permitiera verla. Así, la custodia se distingue de otros vasos sagrados como el copón (utilizado para reservar y distribuir las partículas consagradas en el sagrario) y la pyx o teca (un pequeño recipiente redondo para llevar la Comunión a los enfermos)2.

