Origen y Exilio en Babilonia
Daniel perteneció a la tribu de Judá y era de noble, o quizás real, ascendencia1. Siendo aún joven, probablemente de unos catorce años, fue llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor en el año 605 a.C., durante el cuarto año del reinado de Joacim4,1.
Junto con otros tres jóvenes de igual rango —Ananías, Misael y Azarías—, Daniel fue puesto al cuidado de Aspenaz, el jefe de los eunucos del rey, para ser educado en la lengua y la literatura de los «caldeos» (los profesores de adivinación, magia y astrología)4,1. A Daniel se le dio el nuevo nombre de Beltsasar4.
La fidelidad de Daniel a la ley de Dios se manifestó desde el principio cuando él y sus compañeros se negaron a contaminarse con las raciones diarias de comida y vino reales, pidiendo en su lugar comer solo vegetales y beber agua. Tras una prueba de diez días, se observó que su apariencia era mejor que la de los jóvenes que comían la comida del rey4. Dios les concedió a los cuatro jóvenes conocimiento y habilidad en toda literatura y sabiduría, y a Daniel, en particular, le dio entendimiento de toda visión y sueño4.
El Don de la Interpretación de Sueños
Daniel se distinguió en la corte babilónica por su capacidad para interpretar sueños, una habilidad que, según él mismo reconoció, le fue revelada por el «Dios del cielo»4.
El momento decisivo fue cuando Nabucodonosor tuvo un sueño perturbador y exigió a sus sabios no solo la interpretación, sino también que le revelaran el sueño mismo. Cuando nadie pudo hacerlo, el rey ordenó la destrucción de todos los sabios de Babilonia. Daniel, al enterarse, buscó la misericordia de Dios, y el misterio le fue revelado en una visión nocturna. Daniel bendijo a Dios, reconociendo que Él «revela las cosas profundas y ocultas»4. Daniel interpretó el sueño de la gran estatua, compuesta de diferentes materiales (oro, plata, bronce, hierro y barro), que simbolizaban las sucesivas potencias gentiles, y que fue destruida por una pequeña piedra que se convirtió en una montaña que llenó toda la tierra, representando el Reino Mesiánico2. Por este servicio, Daniel fue recompensado y se convirtió en uno de los tres ministros principales del reino1.
Daniel en el Foso de los Leones
Bajo el reinado de Darío el Medo, Daniel continuó prosperando y fue distinguido por el rey, quien planeaba nombrarlo sobre todo el reino3,1. Esto despertó la envidia y los celos de los otros presidentes y sátrapas, quienes buscaron motivos de queja contra Daniel, pero no pudieron encontrar «ningún motivo de queja ni corrupción» porque era fiel3.
Finalmente, los conspiradores tramaron un plan relacionado con la fe de Daniel. Consiguieron que el rey firmara un edicto que prohibía a cualquiera pedir cualquier petición a cualquier dios u hombre, excepto al monarca, durante treinta días, bajo pena de ser arrojado al foso de los leones3,5.
A pesar de saber que el documento había sido firmado, Daniel continuó orando a su Dios tres veces al día, con las ventanas de su aposento superior abiertas hacia Jerusalén, tal como lo había hecho antes5. Los conspiradores lo encontraron orando y obligaron al rey, a pesar de su angustia, a aplicar la ley inmutable de los Medos y Persas5,1.
Daniel fue arrojado al foso de los leones, pero fue milagrosamente preservado. El rey Darío, al ver la salvación del profeta, publicó un decreto para que todos en su reino honraran y reverenciaran al Dios de Daniel, proclamando que Él es «el Dios vivo y eterno»1.
Apéndices Deuterocanónicos
La Biblia Católica incluye secciones adicionales al Libro de Daniel que narran otros episodios de su vida3:
Susana (Capítulo 13): Daniel es presentado como un joven inspirado cuya sabiduría desenmascara y asegura el castigo de los falsos acusadores de la casta Susana1.
Bel y el Dragón (Capítulo 14): Daniel es representado como un campeón intrépido y exitoso del Dios verdadero y vivo, al exponer el fraude de los sacerdotes de Bel y destruir el dragón adorado por los babilonios1.

