La raíz de esta obra de misericordia se encuentra en las Sagradas Escrituras, donde la sed y el acto de dar de beber se convierten en imágenes poderosas de la providencia divina y la compasión humana.
En el Evangelio de Mateo, Jesús pronuncia las palabras clave durante el juicio final: «Tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25,35), integrándola en el criterio escatológico para la salvación. Este pasaje, parte del discurso sobre el Juicio Final, equipara el servicio a los más necesitados con el servicio directo al Señor, subrayando que la omisión de tales actos conlleva graves consecuencias eternas.1,4
Otro texto fundamental es el Evangelio de Juan, en el episodio de la samaritana junto al pozo. Jesús, fatigado por el camino, pide: «Dame de beber» (Jn 4,7), revelando su sed no solo física, sino espiritual, y ofreciendo a cambio «agua viva» que sacia para siempre (Jn 4,10-14). Este diálogo ilustra cómo dar de beber puede convertirse en un encuentro transformador con Dios, donde el sediento divino invita al humano a participar en su misión salvífica.5,6,7
En el Antiguo Testamento, se hallan ecos en profetas como Isaías (58,6-7) y Jeremías (2,13), que contrastan las «cisternas rotas» humanas con la fuente de aguas vivas que es Dios. Además, el mandato de caridad en el Deuteronomio y los Salmos refuerza la obligación de socorrer al prójimo en sus necesidades básicas, incluyendo la sed.5,1
Estos pasajes bíblicos no solo prescriben una acción material, sino que la elevan a símbolo de la gracia divina, recordando que Cristo en la cruz clama: «Tengo sed» (Jn 19,28), manifestando su entrega total por la humanidad.5,8
