La base scriptural de dar de comer al hambriento se encuentra en múltiples pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, que enfatizan la solidaridad con los menesterosos como un mandato divino.
En el Antiguo Testamento
Los profetas ya denunciaban la indiferencia ante el hambre como un pecado grave. Isaías 58:6-7 llama a compartir el pan con el hambriento como expresión auténtica de ayuno agradable a Dios.1 Tobías 4:5-11 y Eclesiástico 17:22 exaltan la limosna como acto de justicia que agrada al Señor.1 Estos textos establecen que el hambre no es solo un problema material, sino un signo de la fragilidad humana derivada del pecado original.3
En el Evangelio
Jesús eleva esta obligación a criterio de salvación eterna. En la parábola del juicio final (Mateo 25:31-46), el Hijo del Hombre separa a las ovejas de los cabritos según si dieron de comer al hambriento: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer».1,4 Esta identificación de Cristo con el pobre —«Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»— hace de esta obra un encuentro personal con el Señor.5,4 Además, el ejemplo de Jesús, que multiplicó los panes y alimentó a las multitudes, inspira la práctica cotidiana de la caridad.6
