La raíz de dar posada al peregrino se halla en las Sagradas Escrituras, donde la hospitalidad se presenta como un mandato divino y un signo de bendición. En el Antiguo Testamento, Abraham ofrece posada a los tres visitantes en los robles de Mamre, gesto que resulta en la promesa de Isaac y revela la presencia de Dios en el extraño (Gn 18,1-10). Este episodio ilustra cómo acoger al peregrino equivale a recibir al Señor.2
En el Nuevo Testamento, Jesús exhorta: «He sido extranjero y me habéis acogido» (Mt 25,35), integrando esta obra en el juicio final. Los primeros cristianos, como los de Emaús, reconocen a Cristo en el peregrino al partir el pan (Lc 24,13-35). San Pablo urge: «Practica la hospitalidad» (Rm 12,13), y la Carta a los Hebreos advierte: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Hb 13,2). Estas referencias subrayan que la posada al peregrino no es mera filantropía, sino imitación de Cristo, huésped y peregrino entre nosotros.2
