Las bendiciones pertenecen a los sacramentales, signos sagrados instituidos por la Iglesia para santificar determinadas circunstancias de la vida y preparar a los fieles para recibir con mayor fruto la gracia de los sacramentos. Su eficacia no funciona como la de los sacramentos, que Cristo instituyó y que actúan por la acción sacramental misma, sino mediante la oración de la Iglesia y la disposición espiritual de quienes participan.
El término latino benedictio significa «bendición». La palabra puede expresar dos movimientos relacionados:
- La alabanza dirigida a Dios por su bondad y sus obras.
- La invocación de la ayuda divina sobre las personas o sobre determinadas realidades creadas.
Dios constituye el origen de toda bendición. Cuando Dios bendice, comunica su bondad, promete su ayuda y manifiesta su fidelidad; cuando la Iglesia bendice, alaba a Dios y pide que su gracia acompañe a sus hijos y sus actividades.2
La bendición cristiana contempla el mundo a la luz de la creación y de la encarnación. Las realidades creadas poseen una relación con Dios porque proceden de él y permanecen bajo su providencia. La encarnación del Verbo confiere además a la creación una referencia nueva: Cristo ha asumido la naturaleza humana y ha llevado a plenitud la obra santificadora de Dios. Por esta razón, la bendición no convierte automáticamente un objeto en algo mágico ni atribuye poderes independientes a una cosa material. Su finalidad consiste en dirigir a Dios a las personas que utilizan ese objeto o participan en una determinada actividad.2,3


