La concepción católica del trabajo se arraiga en la antropología cristiana, que ve al ser humano como imagen de Dios, llamado a prolongar la obra de la creación subyugando la tierra.1 Desde el Génesis, el trabajo es un mandato divino (Gn 1,28), afectado por el pecado original pero redimido por Cristo, el carpintero de Nazaret.1 San Pablo exhorta: «El que no quiera trabajar, que tampoco coma» (2 Ts 3,10), subrayando el trabajo como deber fundamental.1
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) enseña que el trabajo honra los dones del Creador y puede ser redentor, uniendo las fatigas cotidianas a la Cruz de Cristo.1 Así, los deberes de los trabajadores no son meras obligaciones contractuales, sino expresiones de obediencia a Dios y servicio al prójimo. En este sentido, el trabajo se santifica cuando se realiza con paciencia y amor, contribuyendo al Reino de Dios.2
La virtud de la justicia orienta estos deberes: dar a cada uno lo suyo, respetando a Dios y al vecino.3 Los trabajadores deben actuar con rectitud habitual, juzgando con equidad y tratando a empleadores y compañeros con dignidad.3
