Después de la muerte de Ehud, los israelitas volvieron a cometer actos que desagradaron al Señor, lo que llevó a que fueran entregados en manos del rey Jabín de Canaán, cuyo general, Sísara, oprimió cruelmente a Israel durante veinte años con sus novecientos carros de hierro1. En este tiempo de dificultad, Débora, profetisa y esposa de Lapidot, emergió como líder1,2.
Débora ejercía sus funciones judiciales sentada bajo una palmera, conocida como la «Palmera de Débora,» entre Ramá y Betel, en la región montañosa de Efraín. A ella acudían los israelitas para resolver sus disputas1,2. A diferencia de otros jueces bíblicos, cuyo título a menudo se asociaba con ser libertadores y líderes militares, Débora también desempeñaba funciones judiciales ordinarias. Fue la confianza que inspiró en esta capacidad lo que le permitió guiar a la nación hacia su liberación2. San Ambrosio de Milán la presenta como un modelo de virtud para las viudas, destacando que fue elegida para gobernar y defender a los hombres, demostrando que la debilidad del sexo no impide realizar grandes obras3,4,5.

