Jesucristo recoge los mandamientos y resume su orientación en el doble precepto del amor a Dios y al prójimo. Además, enseña a comprenderlos desde la intención del corazón: no limita la prohibición del homicidio al acto externo, sino que aborda también el odio; tampoco reduce la fidelidad matrimonial a la conducta visible, pues trata los deseos desordenados.
La moral cristiana entiende, por tanto, que cumplir el Decálogo no consiste solo en evitar determinados actos. Los mandamientos llaman a una vida orientada al bien, arraigada en el amor y en el seguimiento de Cristo. La gracia y la ley no aparecen como realidades enfrentadas: el Decálogo ofrece una guía para la vida moral cristiana, que halla en Cristo su plenitud.,
Esta lectura tampoco reduce los mandamientos a ideales generales. Su orientación al amor exige decisiones y acciones concretas, a la vez que considera la responsabilidad personal y la intención interior. Las Bienaventuranzas y el Decálogo expresan aspectos complementarios de la vocación cristiana: no pueden separarse como si la vida moral consistiera solo en cumplir normas externas o, por el contrario, en cultivar disposiciones sin consecuencias prácticas.,