El término Decálogo proviene del griego deka (diez) y logos (palabra), refiriéndose a las «diez palabras» que Dios entregó a Moisés1,2. Estos preceptos se encuentran registrados en el libro del Éxodo (Ex 20,1-17) y se reiteran en el Deuteronomio (Dt 5,6-21)1. Las diferencias entre ambas versiones son menores y se relacionan más con las razones que justifican los preceptos que con los mandamientos en sí mismos1.
La entrega del Decálogo en el Monte Sinaí fue un evento central en la historia de Israel, marcando la alianza de Dios con su pueblo después de liberarlos de la esclavitud en Egipto3,4. Las primeras palabras del Decálogo recuerdan esta liberación: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre»5,3,6,7. Este acto divino establece el contexto de la obediencia a los mandamientos como una respuesta agradecida a la iniciativa amorosa y liberadora de Dios4.
Los mandamientos no son solo un código legal externo, sino que también están inscritos «en el corazón del hombre»8. La revelación divina en el Sinaí confirmó y reforzó la obligación de estos preceptos en la conciencia moral humana8,9. El Decálogo, por lo tanto, es una expresión privilegiada de la ley natural, que enseña la verdadera humanidad del hombre y pone de manifiesto los deberes esenciales y los derechos fundamentales inherentes a la persona humana4.
