La destrucción de Jerusalén y la deportación
El Imperio babilónico conquistó Jerusalén, destruyó su templo y deportó a una parte importante de la población de Judá. La deportación no eliminó por completo la identidad del pueblo: los exiliados conservaron sus genealogías, sus tradiciones religiosas y la esperanza de regresar a la tierra de sus antepasados.
La experiencia del exilio adquirió una interpretación religiosa. La pérdida de Jerusalén y del templo aparecía como consecuencia de la infidelidad de Israel, pero también como una etapa dentro de la acción providente de Dios. El libro de las Crónicas relaciona la duración de la devastación con los «setenta años» anunciados por Jeremías y presenta el decreto de Ciro como la culminación de esa palabra profética.1
La conquista persa de Babilonia
Ciro II, rey de Persia, extendió su dominio por el Próximo Oriente. Después de someter el poder medo y conquistar amplios territorios de Asia Menor, dirigió sus fuerzas contra Babilonia. La ciudad cayó en el año 539 a. C., y Ciro asumió el título de rey de Babilonia. Las fuentes antiguas describen la entrada persa como una conquista con escasa resistencia dentro de la ciudad.2
La Crónica de Nabónido sitúa la entrada de Ciro en Babilonia poco después de la caída de la ciudad y describe la proclamación de la paz. También presenta al nuevo monarca como restaurador del orden político y religioso.3
