La dedicación de una iglesia es una de las acciones litúrgicas más solemnes y se considera un rito de gran importancia en la vida de la Iglesia1. Este acto consagra un edificio para el culto divino, convirtiéndolo en un espacio sagrado donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la Palabra de Dios, orar, celebrar los sacramentos y, de manera preeminente, la Eucaristía2. La iglesia, como edificio visible, se convierte en un símbolo de la Iglesia peregrina en la tierra y una imagen de la Iglesia en el cielo2.
El altar, que es el punto central de la dedicación, representa a Cristo mismo, quien es sacerdote, víctima y altar de su propio sacrificio1. La tradición de la Iglesia Romana de colocar reliquias de mártires u otros santos bajo el altar se mantiene, siempre y cuando las reliquias sean auténticas y de un tamaño que indique que son partes de cuerpos humanos3. Es preferible dedicar un altar sin reliquias a colocar reliquias de dudosa autenticidad3.
Cada iglesia que se dedica debe tener un título3. Este puede ser la Santísima Trinidad, Nuestro Señor Jesucristo bajo una advocación de su vida o un nombre ya introducido en la liturgia, el Espíritu Santo, la Bienaventurada Virgen María bajo una advocación litúrgica, los Santos Ángeles, o un santo inscrito en el Martirologio Romano3. Generalmente, una iglesia debe tener un solo título, a menos que se trate de santos que están inscritos juntos en el Calendario3.
