La Iglesia distingue cuidadosamente entre adoración y veneración. La adoración, llamada tradicionalmente latría, corresponde únicamente a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. María, como criatura humana, no recibe adoración, sino una veneración superior a la que corresponde a los demás santos, denominada hiperdulía. Santo Tomás de Aquino explica que la dignidad excepcional de María procede de su condición de Madre de Dios, pero que ella continúa siendo una criatura y, por tanto, no recibe el culto de latría.1
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la devoción a la Virgen posee un carácter especial y que difiere esencialmente de la adoración ofrecida al Verbo encarnado, al Padre y al Espíritu Santo. Al mismo tiempo, esta devoción favorece la adoración de Dios.2
La expresión venerar a María significa reconocer con fe y gratitud lo que Dios realizó en ella, honrar su singular participación en la historia de la salvación, solicitar su intercesión e imitar sus virtudes. La veneración mariana no atribuye a María una divinidad ni la coloca al mismo nivel que Cristo.




