La palabra reina, aplicada a María, posee un sentido analógico y subordinado. Jesucristo es Rey en sentido pleno y absoluto, porque es el Hijo eterno de Dios hecho hombre y el Redentor de la humanidad. María participa de la dignidad real de Cristo de manera limitada, recibida y dependiente.1
La realeza mariana no describe un poder político ni una soberanía autónoma sobre Dios. Expresa la singular posición de la Madre del Señor en el Reino de Cristo, así como su cooperación maternal en la distribución de las gracias y su intercesión por los redimidos. Pío XII relaciona esta dignidad con tres realidades: la unión de María con Cristo, su cooperación en la redención y la eficacia maternal de su intercesión ante el Hijo y el Padre.1
La Iglesia, por tanto, no presenta a María como una divinidad ni como una segunda salvadora. Cristo conserva siempre la primacía absoluta: su reinado constituye la fuente de toda participación creada en la obra de la salvación.



