Ausencia de una afirmación explícita
El Nuevo Testamento no narra directamente la Asunción de María ni contiene una frase equivalente a la definición dogmática de 1950. La Iglesia no basa el dogma en un versículo aislado, sino en una lectura orgánica de toda la revelación, iluminada por la Tradición y por la fe constante de la Iglesia. San Juan Pablo II reconoció expresamente que el Nuevo Testamento no afirma de forma explícita la Asunción, aunque ofrece un fundamento teológico para ella al presentar la unión perfecta de María con el destino de Jesucristo.
La ausencia de una narración explícita no impide que una verdad pertenezca a la revelación. La Iglesia recibe la revelación como una totalidad: la Escritura, la Tradición apostólica y la interpretación auténtica del magisterio forman una unidad. La Asunción aparece así como una consecuencia coherente de verdades bíblicas centrales sobre María y sobre Cristo.
María, llena de gracia
El saludo del ángel en la Anunciación presenta a María como la mujer llena de gracia. La teología católica relaciona esta plenitud de gracia con su destino final. María recibió una santificación singular desde el comienzo de su existencia y permaneció libre de pecado personal. La glorificación de su cuerpo aparece como la consumación de una vida enteramente abierta a Dios.,
La gracia no transforma únicamente el alma de manera aislada. Alcanza a la persona humana completa, formada por cuerpo y alma. La Asunción manifiesta corporalmente la plenitud de gracia que ya resplandecía en María y anticipa la transformación final prometida a los redimidos.
María, Madre de Dios
La maternidad divina constituye el centro de la relación entre María y Cristo. María concibió, dio a luz, alimentó y sostuvo corporalmente al Hijo de Dios hecho hombre. La defensa católica considera conveniente que aquella unión singular entre Madre e Hijo alcance su culminación también en la glorificación corporal de María.,
La maternidad divina no convierte a María en una diosa ni la sitúa al nivel de Cristo. La maternidad pertenece al orden de la criatura y depende enteramente de la gracia de Dios. Sin embargo, introduce a María en una relación única con la humanidad santísima del Verbo encarnado. La Asunción manifiesta la permanencia y la plenitud de esa relación.
La nueva Eva junto al nuevo Adán
Desde el siglo II, los Padres de la Iglesia presentaron a María como la nueva Eva, estrechamente vinculada a Cristo, el nuevo Adán. Eva colaboró con Adán en la entrada del pecado; María participa, subordinadamente a Cristo, en el misterio de la redención. Esta correspondencia culmina en la victoria sobre el pecado y la muerte.
Cristo vence definitivamente mediante su muerte, resurrección y ascensión. María, asociada de modo singular a su Hijo, recibe anticipadamente los frutos de esa victoria en su propia persona. La glorificación de su cuerpo constituye así una aplicación eminente de la redención de Cristo.
Participación en la vida y en la obra salvadora de Cristo
Desde la concepción virginal de Jesús, María participa de manera singular en la misión de su Hijo. Esta participación alcanza un momento culminante en su asociación al sacrificio redentor de Cristo. La unión con Jesús no termina con la muerte, sino que conduce a la participación en su destino celestial.
La Asunción no atribuye a María una salvación independiente. Cristo permanece como único Redentor y fuente de toda gracia. Precisamente porque María fue redimida por Cristo de modo eminente, recibió la gracia de compartir anticipadamente la gloria corporal que los demás justos alcanzarán al final de los tiempos.