La Iglesia Católica reconoce la democracia como un «signo de los tiempos» positivo, siempre que se base en valores fundamentales como la dignidad de cada persona, el respeto por los derechos humanos inviolables e inalienables, y la promoción del bien común como criterio rector de la vida política1,2,3. Este reconocimiento se fundamenta en la capacidad del sistema democrático para asegurar la participación de los ciudadanos en las decisiones políticas, garantizar la posibilidad de elegir y responsabilizar a quienes gobiernan, y permitir su reemplazo por medios pacíficos cuando sea necesario3,6.
El Catecismo de la Iglesia Católica establece que la elección del régimen político y el nombramiento de los gobernantes se dejan a la libre decisión de los ciudadanos, y que la diversidad de regímenes políticos es moralmente aceptable siempre que sirvan al bien legítimo de las comunidades que los adoptan7.

