En lenguaje ordinario, «dependencia» puede significar desde la necesidad material hasta la incapacidad psicológica. En el sentido católico, cuando se habla de dependencia personal se subraya, ante todo, que:
La criatura humana es radicalmente dependiente de Dios en cuanto a su existencia y conservación.
La vida personal se despliega en relación con los demás: se «recibe» la vida, el lenguaje, la educación, y también se aprende a conocer la realidad a través de otros.
La fe cristiana implica una confianza personal que no se apoya en lo creado como fundamento último, sino que se adhiere a Dios.
Esta comprensión no elimina la responsabilidad humana: la dependencia afirma que la libertad y la acción se ejercen dentro de un marco recibido. Por eso, el Magisterio catequético enseña que Dios, al crear, no abandona a sus criaturas: «da no sólo el ser y la existencia, sino también, y en todo momento, las sostiene para que permanezcan en el ser» y las habilita a obrar hacia su fin.1
