La Iglesia fundamenta el derecho a la vida en la dignidad propia de cada ser humano. Esta dignidad no depende de la edad, la salud, la autonomía, la situación económica ni el reconocimiento de una autoridad. Los derechos humanos, por tanto, no son concesiones que el Estado pueda otorgar o retirar a voluntad: pertenecen a la persona por su condición humana.2,4
La vida humana posee una inviolabilidad que exige respeto y protección. La doctrina católica considera el derecho a la vida el primero y más básico de los derechos personales, porque sin una persona viva no puede ejercerse ningún otro derecho. Por eso, reclamar derechos como la salud, la vivienda, el trabajo o la cultura mientras se niega protección a la vida humana resulta contradictorio.2,5
Esta concepción no reduce la vida a su dimensión biológica. La persona necesita también bienes básicos que permitan su desarrollo: alimento, vestido, vivienda, descanso, atención sanitaria y servicios sociales. La defensa de la vida comprende, así, tanto la protección frente a la violencia como la atención a las necesidades materiales de las personas.3

