La enseñanza católica sobre los derechos laborales se ancla en la antropología cristiana, que afirma la igualdad radical de todos los hombres por su creación a imagen de Dios y su redención por Cristo. Todos poseen la misma dignidad, independientemente de su posición social o función laboral.2,4
El trabajo, primordial valor inscrito en la naturaleza humana, es para el hombre y no al revés. Sirve para proveer de sus necesidades, las de su familia y contribuir a la comunidad, cumpliendo así el mandato divino de dominar la creación.1,5 San Juan Pablo II en Laborem Exercens lo describe como un deber moral y fuente de derechos, en el contexto amplio de los derechos humanos universales, que son condición para la paz.3
Esta visión rechaza tanto el materialismo que reduce al trabajador a un engranaje productivo como el individualismo que ignora el bien común. El trabajo es personal y social: expresión de la personalidad del obrero y medio para el desarrollo familiar y societal.5
